Sunday, August 28, 2005

un poco de verdad

AHI VA ESO
sacado de
"Sobre el terrorismo y el Estado. La teoría y la práctica del terrorismo divulgadas por primera vez"
Gianfranco Sanginetti
http://www.sindominio.net/ash/terrest.htm

"Todos los actos de terrorismo, todos los atentados que tuvieron y tienen cabida en la imaginación de los hombres, fueron y son o acciones ofensivas o acciones defensivas. Si forman parte de una estrategia ofensiva, hace tiempo que la experiencia ha demostrado que están siempre destinados al fracaso. Si forman parte de una estrategia defensiva, la experiencia demuestra que estos actos pueden conllevar algún éxito, pero sólo momentáneo o precario. Son actos de terrorismo ofensivo, por ejemplo, los atentados de los Palestinos o de los irlandeses; son defensivos, por el contrario, la bomba de piazza Fontana y el secuestro de Aldo Moro.
En cualquier caso, no es sólo la estrategia lo que cambia, según se trate de un terrorismo ofensivo o defensivo, sino también los estrategas. Son los desesperados y los ilusionados los que acuden al terrorismo ofensivo; al defensivo, por el contrario, siempre y solamente los Estados, bien sea porque están en pleno centro de una crisis social grave, como el estado italiano, o porque la teme mucho, como el Estado alemán.
El terrorismo defensivo de los Estados es practicado bien directamente por ellos, bien indirectamente, con sus propias armas o con las de otro. Si los Estados recurren al terrorismo directo, éste debe estar dirigido contra la población - como por ejemplo en el caso de la masacre de piazza Fontana, del Italicus, y de Brescia. Si deciden al contrario recurrir al terrorismo indirecto, éste debe dirigirse aparentemente contra ellos - como por ejemplo en el asunto Moro.
Los atentados ejecutados directamente por los servicios especiales del Estado y por sus servicios paralelos, no son reivindicados por nadie habitualmente, pero son atribuidos e imputados cada vez a algún "culpable" ad hoc, como Pinelli y Valpreda. La experiencia ha mostrado que ahí está el punto débil de este tipo de terrorismo, y lo que determina su fragilidad extrema para el uso que se trata de hacer políticamente de él. A partir de las conclusiones obtenidas de esta misma experiencia los estrategas de los servicios paralelos del Estado intentan dar en adelante una mayor credibilidad, o al menos una menor inverosimilitud, a sus propios actos, por ejemplo, firmándolos directamente con una sigla cualquiera de un grupo fantástico, o incluso haciéndolos reivindicar por un grupo clandestino existente cuyos militantes son aparentemente, y a veces ellos mismos lo creen así, ajenos a los designios del aparato del Estado."

"Todos los grupúsculos terroristas secretos están organizados y dirigidos según una jerarquía clandestina incluso para los militantes de la clandestinidad, jerarquía que respeta perfectamente la división del trabajo y de funciones propias de la actual organización social: arriba se decide, abajo se ejecuta. La ideología y la disciplina militar preservan a la cúspide de todo riesgo, y a la base de cualquier sospecha. Cada servicio secreto puede inventarse una sigla "revolucionaria" y ejecutar cierto número de atentados, bien difundidos por la prensa, a los que se asignará hábilmente un pequeño grupo de militantes ingenuos, a los que dirigirá con la máxima desenvoltura.
En el caso de un grupúsculo terrorista aparecido espontáneamente, no hay nada más fácil, para los servicios secretos del estado, que infiltrarse en él, gracias a los medios de que disponen y a la extrema libertad de maniobra de la que disfrutan, destacarse entre la cúspide inicial, y sustituirles, ayudados sea por detenciones selectivas realizadas en el momento adecuado, o por la ejecución de los jefes originales, lo que ocurre en general en un enfrentamiento armado con las "fuerzas del orden", avisadas oportunamente por sus elementos infiltrados.
Desde entonces, los servicios paralelos del Estado disponen a su antojo de un organismo perfectamente eficaz, formado por militantes ingenuos o fanáticos, que no pide nada más que ser dirigido. El grupúsculo terrorista de origen, nacido de los espejismos de sus militantes sobre las posibilidades de concebir una ofensiva estratégica eficaz, cambia de estrategas y se convierte en un apéndice defensivo del Estado, que lo manipula con agilidad y desenvoltura, según las necesidades del momento, o según lo que él cree que son sus necesidades.
Desde piazza Fontana hasta el secuestro de Aldo Moro, sólo han cambiado los objetivos contingentes que el terrorismo defensivo ha alcanzado, pero lo que en la defensiva, no puede cambiar nunca, es la meta. Y la meta desde el 12 de diciembre de 1969 al 16 de marzo de 1978 y todavía hoy, sigue siendo la misma, es decir, hacer creer a toda la población, desde entonces intolerante o en lucha contra el Estado, que tiene al menos un enemigo en común con él, enemigo contra el que el Estado la protege, a condición de no ser cuestionado por nadie. La población que es generalmente hostil al terrorismo, y no sin razón, debe pues reconocer que, al menos en esto necesita al estado, en el que en consecuencia debe delegar los más amplios poderes, con el fin de que pueda afrontar con energía la ardua tarea que constituye la defensa común contra un enemigo oscuro, misterioso, pérfido, despiadado y, en una palabra, quimérico. Frente a un terrorismo presentado siempre como el mal absoluto, el mal en sí y para sí, todos los males, mucho más reales, pasan a segundo plano, y sobre todo deben ser olvidados: ya que la lucha contra el terrorismo coincide con el interés común, es ya el bien general, y el estado que la lleva generosamente es el bien en sí y para sí. Sin la maldad del diablo, la infinita bondad de Dios no podría aparecer y ser apreciada como se debe.
El Estado, por una parte debilitado en extremo por los ataques del proletariado que al igual que su economía soporta diariamente desde hace diez años, y de otra parte, por la incapacidad de sus gestores, puede disimular igual de bien ambas cosas, encargándose de escenificar solemnemente el espectáculo de la sacrosanta defensa común contra el monstruo terrorista, y puede en nombre de esa piadosa misión, exigir de todos una porción suplementaria de su exigua libertad, que reforzará el control policial sobre toda la población. "Estamos en guerra", y en guerra contra un enemigo tan potente que cualquier otra discordia y cualquier otro conflicto serían actos de sabotaje y de deserción: no se tiene el derecho de ir a la huelga general más que para protestar contra el terrorismo. El terrorismo y "el estado de urgencia" permanentes, un estado de urgencia y de "vigilancia", he aquí los únicos problemas, o al menos los únicos a los que está permitido e incluso vivamente recomendado consagrarse. Todo lo demás no existe, y debe ser olvidado, por lo menos debe ser callado, guardado, reprimido en el inconsciente social, ante la gravedad de la cuestión del "orden público". Y, ante la obligación universal de defenderlo, todos están invitados a la delación, a la cobardía, al miedo: la cobardía se convierte, por primera vez en la historia, en una cualidad sublime, el miedo está siempre justificado, el único "valor" no despreciable es el valor de aprobar y sostener todas las mentiras, todos los abusos y todas las infamias del Estado. Como la crisis actual no exceptúa a ningún país del planeta, la paz, la guerra, la libertad y la verdad no tienen ya ninguna frontera geográfica: su frontera atraviesa igualmente a todos los países, y todos los Estados se arma y declaran la guerra a la verdad.
¿Alguien duda todavía del poder oculto de los terroristas? ¡Pues bien!, tendrá que cambiar de opinión ante las imágenes magníficamente filmadas de tres terroristas alemanes a punto de subir a bordo de un helicóptero, tan poderosos que consiguen a continuación escaparse incluso de los servicios secretos alemanes más capaces de filmar su presa que de alcanzarla.
¿Alguien cree que 100 o 200 terroristas no estén en condiciones de dar un golpe mortal a nuestras instituciones? Pues bien, mirad lo que 5 o 6 de ellos son capaces de hacer en algunos minutos a Moro y su escolta y admitid pues que el riesgo para las instituciones (tan queridas por otra parte por más de 50 millones de italianos) es un riesgo real y terrible. ¿Alguno quiere mantener lo contrario? ¡Es un cómplice de los terroristas! Todo el mundo estará de acuerdo en esto, el Estado no puede dejarse abatir sin defenderse: y cueste lo que cueste, esta defensa es el deber imperativo y sagrado de cada uno. Y esto porque la República es pública, el Estado es de todos, cada uno es el Estado, y el estado es todos, porque todo el mundo disfruta de sus ventajas, tan equitativamente repartidas: ¿No es esto la democracia? Por lo tanto el pueblo es soberano, pero ¡ay de quien no la defienda!
¿Convencidos? ¿O quizás creéis todavía, después de lo de Moro, pobres ciudadanos ávidos de crítica, que siempre es el Estado, como en los tiempos de piazza Fontana, el que lleva a cabo los atentados?
¡Innobles sospechas! Y que ofende a la dignidad de las instituciones. Zaccagnini llora, aquí está la fotografía, Cossiga también, miradlo en el noticiario televisado, y ¡abandonad de una vez por todas la idea de cargar todo sobre las espaldas de los que no dudan en sacrificar la vida de otro en nombre de la defensa de nuestras instituciones más democráticas! Pero ¿creéis todavía, pobres ciudadanos, que nosotros ministros, nosotros generales, nosotros agentes secretos del Anti-terrorismo -por antífrasis- estaríamos dispuestos a sacrificar a Aldo Moro, destacado hombre de Estado, hombre de sentimientos elevados, ejemplo de rectitud moral, nuestro amigo, nuestro modelo, nuestro protector y, cuando hizo falta, nuestro defensor? [1]
Esto es exactamente lo que debería pensar todo buen ciudadano que no duda nunca, vota siempre, paga si es rico y se calla en todo momento. Las sospechas sobre el Estado están permitidas en lo que respecta a Piazza Fontana, porque las víctimas eran simples ciudadanos: pero ¿no se querrá también sospechar del estado cuando la víctima es su más prestigioso representante? Kennedy, pertenece al pasado.
Únicamente por esto la agonía de Aldo Moro se alargó tanto, para que cada uno pudiera seguir tranquilamente el espectáculo del secuestro y la falsa discusión sobre la negociación, leyendo cartas patéticas y mensajes despiadados de las fantásticas B.R. que canalizarán el desprecio de las gentes sencillas y de los pobres de espíritu, dando así un poco de verosimilitud a todo el suceso y una razón para manifestarse al psicodrama colectivo, manteniendo la contemplación y la pasividad general - que es lo que más cuenta.
Si Moro hubiese sido abatido con sus guardaespaldas en vía Fani todo el mundo habría pensado en un ajuste de cuentas, de los que la historia está llena, entre Gangs capitalistas y centros de poder rivales -como era el caso. En este caso, la muerte de Moro habría sido juzgada ni más ni menos como la de Enrico Mattei. Sin embargo, nadie ha señalado todavía que si un grupo cualquiera de poder se encontrase con la obligación, por necesidad o por interés, de eliminar un Enrico Mattei [2], que reivindicaría o lo haría reivindicar, sin ninguna duda y con la mayor facilidad, tal asesinato por tal o cual grupúsculo terrorista secreto [3]; he aquí por qué hubo que escenificar el largo secuestro, y subrayar unas veces la crueldad, otras lo patético, otras "la firmeza" del gobierno; y cuando se creyó que las gentes estaban ya por fin convencidas de la procedencia "revolucionaria" y la responsabilidad de los "extremistas", sólo entonces, los verdugos de Moro tuvieron luz verde para deshacerse de él. Y tú, Andreotti, que eres menos ingenuo que desenvuelto, no vengas a decirme que todo esto te parece nuevo, y no te hagas el ofendido, ¡por favor! "


"No alcanzo a comprender a dónde quieren ir a parar los Ronchey con su lógica teológica: no he dicho nunca que detrás de cada atentado estén los servicios secretos, teniendo en cuenta que hoy incluso un cóctel molotov y un sabotaje a la producción son considerados como "atentados": he dicho, al contrario, y esto desde hace casi diez años, que todos los actos espectaculares de terrorismo están teledirigidos, o directamente ejecutados por nuestros servicios secretos. Y daos cuenta de que no digo "por servicios secretos", sino por los nuestros, sí, por los servicios secretos italianos, de los que se reconoce siempre la huella y el hedor, la habilidad y la torpeza, la ingeniosidad táctica y la necedad estratégica.
Mirad, por ejemplo, cómo el SID llegó a la operación de piazza Fontana: por medio de ensayos y aproximaciones sucesivas. Habían decidido hacer una masacre entre la población, y la prepararon con dos ensayos generales: las bombas del 25 de abril en la Feria y en el Banco de la estación de Milán, y las bombas en los trenes de agosto del mismo año. Los servicios secretos así prepararon a la opinión pública con esos backgrounds, y se prepararon, ellos, técnicamente.
¿Y qué ensayos generales prepararon el secuestro de moro? En ese caso también los hubo, porque nuestros reconocibles servicios paralelos, incluso si cambian de objetivo, operan siempre de la misma manera - lo que no les perdonaría Maquiavelo -. En abril de 1977 secuestraron a De Martino, sin derramamiento de sangre, lo que constituía ya un ensayo general: en sus ensayos, los servicios secretos nunca quieren hacer correr la sangre, el 25 de abril de 1969 no murió nadie, en agosto tampoco. El ensayo, sin embargo, indica siempre el objetivo que se quiere alcanzar: en el 69 la población, en el 77-78 un hombre político. El mismo día del rapto de De Martino, reivindicado a continuación por un centenar de grupos fantásticos, lo denuncié como un ensayo general de los servicios secretos, en un cartel impreso y difundido en Roma [21]. El segundo ensayo, que revelaba bien el objetivo elegido - es decir, un hombre político - fue la famosa bomba en el despacho del por entonces ministro del Interior, Cossiga. Después vino el golpe contra Moro, esta vez bañado de sangre, porque ya no se trataba de un ensayo general.
En la ola de amenazantes revueltas de principios de 1977, los servicios secretos, que desde hace diez años están siempre alerta y nunca inactivos, empezaron a orientarse decididamente en una dirección bien concreta: las dos provocaciones citadas, que no son las únicas en las que se exhibieron, son en cualquier caso las que mejor anunciaban el objetivo apuntado y la continuación de los acontecimientos. "

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